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Inici » Articles, n√ļm. 009, gener del 2011 2 gener 2011

Del espíritu y los libros

RAM√ďN ANDR√ČS

No s√≥lo en lo musical Johann Sebastian Bach representa una cima de occidente, sino tambien uno de los puntos culminantes de su cultura. Contempor√°neo de Newton y Leibniz, de Vico y Montesquieu, vivi√≥ un momento crucial en una Europa que comenzaba a asumir, de un modo definitivo, la escisi√≥n entre el mundo antiguo y el moderno. Su mirada es capital para entender el paso hacia un nuevo ideario, del que se desprende, en su caso, una forma distinta de pensar la m√ļsica. Anton Webern, con buen criterio, sosten√≠a que ‚Äútodo se operaba y produc√≠a‚ÄĚ en Bach, y que tras √©l la m√ļsica hab√≠a emprendido un camino no conocido hasta entonces. Objeto de una extraordinaria bibliograf√≠a, Bach sigue siendo, sin embargo, una inc√≥gnita, un hombre de perfil difuso, un esp√≠ritu de compleja aprehensi√≥n, alguien que supo ver las fisuras de la Raz√≥n sin renunciar a ellas. Quiz√° por esta causa admita tantas interpretaciones, tantas visiones que lo observan unas veces como prodigioso arquitecto, otras como un matem√°tico que nos conduce a las propuestas de G√∂del, una mente dotada para el ejercicio especulativo hasta lo indecible, aunque ello no entre necesariamente en contradicci√≥n con la apreciaci√≥n que lo define como un m√≠stico, un ser que entendi√≥ su esencia en la espiritualidad. Ciertamente, Bach nos propone en su m√ļsica una inaudita met√°fora de lo humano. Pero, m√°s all√° del pentagrama, ¬Ņpor qu√© no acudir a sus lecturas, al rinc√≥n √≠ntimo de su biblioteca, a las ideas que configuraron su tiempo? Tal vez hallemos alguna respuesta, una v√≠a que ayude a mirar m√°s fijamente aquellos ojos que nos contemplan desde el cuadro pintado en 1746 por Elias Gottlob Haussmann, donde el Cantor muestra el Canon triplex a 6 (BWV 1076). Acerqu√©monos, pues, a Bach.

Sweet pea Stakes © Andrea Geile 2004. Photo: © M. Wolchover

Sweet pea Stakes © Andrea Geile 2004. Photo: © M. Wolchover

El ímpetu por el estudio

Es innecesario referir que la im¬≠prenta fue decisiva para la cultura en la Europa humanista. En el si¬≠glo XVI la producci√≥n de libros aument√≥ en tal grado, que mu¬≠chos lamentaron el crecimiento de los talleres de impresi√≥n. Lutero lleg√≥ a denostar la invenci√≥n de Gutenberg, y aleg√≥ que la impren¬≠ta se hab√≠a convertido en ‚Äúuna sir¬≠vienta de la ignorancia‚ÄĚ. Todav√≠a en el XVIII el ir√≥nico Lichtenberg hac√≠a escarnio de este fen√≥meno, aduciendo que lo peor de un buen libro es su capacidad de generar miles de obras malas… Se propa¬≠garon las ferias, las subastas, las tiendas en las que se hacinaban ejemplares de todas las discipli¬≠nas, recetarios, almanaques. El propio Bach particip√≥ en 1742 en una de dichas subastas y compr√≥ una recopilaci√≥n de escritos de Lutero.

Debe tenerse en cuenta que en el mundo luterano, y m√°s con la llegada del pietismo, la incitaci√≥n a la lectura fue una prioridad para la formaci√≥n del esp√≠ritu, de ah√≠ que no sea anecd√≥tico el alto gra¬≠do de alfabetizaci√≥n que alcanz√≥ Alemania. Desde luego, el pietis¬≠mo, movimiento de suma trascen¬≠dencia que a finales del XVII revi¬≠s√≥ el luteranismo m√°s ortodoxo y apost√≥ por un sentido m√°s hondo de la piedad y la moral ‚ÄĒincidien¬≠do con ello en una vida de mayor contemplaci√≥n y recogimiento‚ÄĒ, indujo a la meditaci√≥n y tuvo entre sus prioridades, cabe se√Īalarlo, el fomento de la lectura. Es de notar que el ochenta por ciento de los inventarios alemanes acog√≠a rela¬≠ciones de libros, un porcentaje que desciende en la Francia cat√≥lica, en la d√©cada de 1750, hasta el veinte por ciento[1]. Lutero, en la carta A los magistrados de todas las ciudades alemanas (1524), ya se√Īa¬≠laba que no deb√≠a regatearse el di¬≠nero para contar con buenas bibliotecas y librer√≠as. Bach pertene¬≠c√≠a a esta tradici√≥n, de modo que no debe sorprender que tuviera su propia y estimada biblioteca. Para entonces, las bibliotecas privadas eran espacios destinados a la gene¬≠raci√≥n de sentido, instrumentos de irreemplazable valor que facilita¬≠ban el acceso a las claves del saber. Mapas celestes, obras morales, tra¬≠tados de √≥ptica y de m√ļsica, ma¬≠nuales de bot√°nica, ret√≥rica y anatom√≠a contribu√≠an a explicar el mundo, a observarlo.

El inventario efectuado a la muerte del m√ļsico nos remite a poco m√°s de ochenta t√≠tulos. Sin embargo, resulta inveros√≠mil que un hombre de tan inquieta perso¬≠nalidad s√≥lo tuviera libros teol√≥gi¬≠cos y de espiritualidad, como testi¬≠fica dicha relaci√≥n de obras. P. Spitta sugiri√≥ que los hijos del maestro, sobre todo Wilhelm Frie¬≠demann y Carl Philipp Emanuel, retiraron una buena parte del ma¬≠terial y dejaron en los estantes los libros que a su entender parec√≠an menos interesantes[2]. Pero R. Char¬≠tier[3] avisa de algo importante: mu¬≠chos inventarios extendidos anti¬≠guamente llamaban a enga√Īo por¬≠que, o bien no contaban a ojos de los tasadores por su bajo precio, o por la exig√ľidad de los vol√ļmenes, pese a su posible importancia. Lo que no cabe poner en duda es que el compositor fue un hombre de gran curiosidad intelectual, una mente incre√≠blemente r√°pida ‚ÄĒco¬≠mo lo demuestra su m√ļsica‚ÄĒ que no pod√≠a vivir ignorante de una realidad muy determinada por los decisivos descubrimientos y las ideas surgidas entonces.

En la Necrol√≥gica bachiana se se√Īala que por ‚Äúsu extraordinario √≠mpetu por el estudio [...] perma¬≠nec√≠a trabajando noches enteras‚ÄĚ[4]. Su insistencia en la lectura se per¬≠cibe en la cantidad de glosas que se conoce conten√≠an sus libros, tal es el caso los ejemplares de Abra¬≠ham Calov (o Calovius), de quien Bach pose√≠a la Gran Biblia Alemana (Grosse Te√ľtsche Bibel) en tres vol√ļmenes (1681-1682), adquiridos en 1733. En cuanto a los textos lu¬≠teranos que compr√≥ en la subasta de 1742, estampados como Magn√≠¬≠ficos escritos en alem√°n del doctor Mart√≠n Lutero, que en gloria est√© (Te√ľtsche und herrliche Schrifften des seeligen Dr M. Lutheri), fueron, co¬≠mo sugiere el propio compositor, los utilizados por Calov para el co¬≠mentario de su Biblia. En una fac¬≠tura aut√≥grafa Bach, anota:

Estos magn√≠ficos escritos alemanes de D. M. Lutero (pro¬≠venientes de la biblioteca del gran te√≥logo y General-Supe¬≠rintendent de Wittenberg D. Abrah. Calovius, de los que probablemente compilo su gran Biblia alemana, y que pa¬≠saron tras su muerte a las ma¬≠nos del igualmente gran te√≥lo¬≠go D. J. F. Mayer) los he adqui¬≠rido en subasta por diez t√°leros el a√Īo de 1742, en el mes de septiembre. Joh: Sebast: Bach[5].

La edici√≥n de Calov fue encon¬≠trada hace unas d√©cadas y expues¬≠ta por vez primera en 1969, en la Bachfest de Heidelberg.[6] Este ha¬≠llazgo propici√≥ nuevas interpreta¬≠ciones sobre las ideas del maestro y su compromiso con la ortodoxia luterana. Este asunto ha desperta¬≠do controversias en los √ļltimos a√Īos, y no es nuevo que unos de¬≠seen ver al compositor como un devoto que hizo de la m√ļsica una profesi√≥n de fe, y que otros lo con¬≠ciban como un hombre eminente¬≠mente pr√°ctico, que escribi√≥ m√ļsi¬≠ca eclesi√°stica porque as√≠ lo exig√≠a su trabajo. Los hay, tambi√©n, que prefieren tenerlo por un esplendo¬≠roso aviso de la Ilustraci√≥n. Sin embargo, las cosas son m√°s com¬≠plejas o, al menos, m√°s sutiles. Tanto la imagen del luterano abne¬≠gado, como la del pragm√°tico aun¬≠que genial funcionario que por conveniencia ‚Äútuvo‚ÄĚ que recurrir a los textos religiosos para la ejecu¬≠ci√≥n de su trabajo en Leipzig, care¬≠cen de sentido. Lo que s√≠ puede asegurarse es que Bach fue un es¬≠p√≠ritu permeable, nada acostum¬≠brado a empa√Īar su inteligencia. √Āvido de conocimientos, busc√≥ en todas direcciones, y el mejor testi¬≠monio de esta amplitud de miras es su propia m√ļsica.

Portrait in May © Andrea Geile 2008. Photo: © Andrea Geile

Portrait in May © Andrea Geile 2008. Photo: © Andrea Geile

Poesía, idealismo místico y realismo científico

Sabemos que sus visitas a la bi¬≠blioteca de Ernesti, rector de la Es¬≠cuela de Santo Tom√°s en Leipzig, fueron continuas, y que en ella ha¬≠b√≠a un buen fil√≥n de t√≠tulos de autores plat√≥nicos, entre ellos Cusa y Ficino, as√≠ como obras de Pico della Mirandola y otras pertene¬≠cientes a la m√°s reciente tradici√≥n herm√©tica y cabal√≠stica[7]. Siendo alumno en el Lyceum de Ohrdruf, entre 1695 y 1700, el adolescente que era Johann Sebastian sigui√≥ los cursos en los que, adem√°s de ret√≥rica, religi√≥n y l√≥gica, se estu¬≠diaba literatura latina. Una vez en Luneburgo, las disciplinas se ex¬≠tendieron a la aritm√©tica y el grie¬≠go. All√≠ se razonaban las ense√Īan¬≠zas de Cicer√≥n, se le√≠a a Is√≥crates y a Teognis de Megara. No faltaba la lectura de Quinto Curcio Rufo. Tampoco se desatend√≠a a Foc√≠li¬≠des, el poeta moralista, ni a Cebes de Tebas, el pitag√≥rico que aparece en el Fed√≥n y en el Crit√≥n de Pla¬≠t√≥n. Como libro de referencia so¬≠bre las teor√≠as aristot√©licas se con¬≠taba con una obra de Heinrich To¬≠lle, la Rethorica Gottingensis (1680). Tambi√©n Horacio fue un autor habitual en las lecciones, lo mismo que Virgilio. Junto a este saber de tan distintas fuentes, se a√Īad√≠a a la instrucci√≥n la lectura de Lutero y un manual sobre su in¬≠terpretaci√≥n teol√≥gica, el Compen¬≠dium locorum √≠heologicorum de Leonhard Hutter (1610)[8].

Pese a todo, el inventario de Bach no recoge vol√ļmenes propia¬≠mente de filosof√≠a, aunque es posi¬≠ble que tuviera alguno de Leibniz[9] y quiz√°s del fil√≥sofo m√°s le√≠do en¬≠tonces en Alemania, Christian Wolff, que analiz√≥ y matiz√≥ mu¬≠chas de las teor√≠as del citado Leib¬≠niz. No cuesta compartir la opi¬≠ni√≥n de John Butt[10], quien, en efecto, cree que si alg√ļn libro filo¬≠s√≥fico deb√≠a permanecer en la bi¬≠blioteca bachiana √©ste ser√≠a de Wolff, tanto por su difusi√≥n como por haber sido la fuente de mu¬≠chas ideas adoptadas por los deci¬≠sivos Gottsched y Baumgarten. Sin embargo, hay otras lagunas que quiz√°s se antojen anecd√≥ticas pero que pueden orientarnos. Aficiona¬≠do como era a la poes√≠a espiritual, sorprende que no hubiera en los anaqueles, por poner un ejemplo, alguna edici√≥n de Paul Fleming (o Flemming), que comparti√≥ con sus contempor√°neos una visi√≥n eleg√≠aca del mundo, influida sin duda por la devastaci√≥n que dej√≥ tras s√≠ la Guerra de los Treinta A√Īos. Entre los l√≠ricos de aquellas generaciones, como Gerhard, Ar¬≠nold y Dach, se viv√≠a una necesi¬≠dad de consuelo, una inclinaci√≥n muy propia del pietismo y muy perceptible en Fleming. Bach se acerc√≥ a √©l en diversas ocasiones, como en In allen meinen Taten (BWV 97), donde utiliza el coral O Welt, ich muss dich lassen, basado en sus versos.

Conociendo a Bach, se antoja improbable que s√≥lo tuviera noti¬≠cia de la poes√≠a encerrada en los li¬≠bros de corales. ¬ŅNo ley√≥ a poetas capitales como Opitz y Gryphius? Es vano creer que no contase con m√°s referencia de Rist que a trav√©s de las compilaciones lit√ļrgicas[11] No debe olvidarse que √©stos, junto a otros escritores, fueron los crea¬≠dores de una tradici√≥n literaria surgida con fuerza en el siglo XVII y que revisti√≥ una parte muy signi¬≠ficativa del cimiento cultural de Alemania. Nada se descubre si afirmamos que Bach estaba intere¬≠sado en los versos de Paul Ger¬≠hard,muy celebrado desde la publicaci√≥n de Geistliche Andanchten (1667), recopilaci√≥n de fuerte acento pietista que fue predilecta entre los m√ļsicos. Bach tuvo en cuenta sus poemas para obras de tanta magnitud como la Pasi√≥n seg√ļn san Mateo. Al igual que los poetas ahora se√Īalados, Gerhard escribi√≥ desde el “dejamiento” y la ¬† necesidad de alejarse del mundo. El luteranismo era muy sensible a este credo. No es azaroso que las cantatas y las Pasiones de Bach, como las de muchos compositores de entonces, denoten un af√°n de liberaci√≥n del alma y la preparaci√≥n hacia el tr√°nsito final, una aspiraci√≥n extendida a toda la m√≠stica que irrig√≥ un vasto delta, desde Ruysbroeck, Eckhart y Tauler en la Edad Media, hasta Jacob B√∂hme y Angelus Silesius. Proclamaban el recogimiento y el abandono, y justificaban que la fe basta para acer¬† carse a Dios. Esta tendencia, intensa en Lutero, propici√≥ posiciones de espiritualidad m√°s radical, caso de Johann Arndt (o Arnd), presente en tambi√©n en la biblioteca bachiana.

El inventario efectuado a la muerte del m√ļsico nos remite a poco m√°s de ochenta t√≠tulos. Sin embargo, resulta inveros√≠mil que un hombre de tan inquieta personalidad s√≥lo tuviera libros teol√≥gicos y de espiritualidad, como testifica dicha relaci√≥n de obras.

Con todo, como se ha dicho, en su retiro debieron de acompa√Īarle libros no forzosamente religiosos, ¬Ņpor qu√© no recopilaciones en las que se recog√≠an versos de Birken y Hofmannswaldau?, cuya poes√≠a meditativa, tan del gusto barroco, sigui√≥ contando durante la primera mitad del siglo XVIII con gran autoridad. ¬ŅNo guardaba el poemario de Ziegler, poetisa a la que acudi√≥ para varias de sus can¬≠tatas? S√≠, pensar que sus lecturas po√©ticas se limitaban a los textos contenidos en las antiguas colec¬≠ciones corales o en El Libro de canto de Paul Wagner parece inveros√≠¬≠¬†¬†¬†¬†¬† mil en un hombre que apreciaba los libros, la compa√Ī√≠a del aguar¬≠diente y el vino, que fumaba en pi¬≠pa y era capaz de disfrutar tocando ante el p√ļblico del Caf√© Zimmermann. La referida recopilaci√≥n deWagner, presente tambi√©n en la biblioteca de Bach, conten√≠a 5.000 corales dispuestos en ocho vol√ļmenes. En el inventario apa¬≠rece anotada como Wagneri Leip¬≠ziger Gesang Buch 8. B√§nde, aun¬≠que su t√≠tulo es And√§chtiger Seelen geistlisches Brand-und Gantz-Opfer (1697).

Es mucho aventurar, sin duda, la propuesta de libros que no apa¬≠recen entre los bienes del maestro, pero s√≠ cabe la certeza de que al menos conoci√≥ a los que eran nombres ilustres y de los que por fuerza tuvo que haber tenido noti¬≠cia. ¬ŅNo sab√≠a de Angelus Silesius?, el m√≠stico m√°s importante del siglo XVII alem√°n. Podr√≠a arg√ľirse que el ‚Äú√°ngel de Silesia‚ÄĚ abjur√≥ del lu¬≠teranismo en 1653, pero eso no supone que Bach se impusiera una censura. Su pensamiento religioso no le impidi√≥ admirar a los autores cat√≥licos. Cuando Silesius muri√≥ en 1677 ‚ÄĒocho a√Īos antes del na¬≠cimiento de Bach‚ÄĒ, sus poemas ya hab√≠an conocido la imprenta y su ideario difundido m√°s all√° de los ambientes contrarreformistas, so¬≠bre todo a partir de la publicaci√≥n del Peregrino querub√≠nico (Cherubi¬≠nischer Wander-Mann), impreso en 1701. Es ilustrativo que la edici√≥n del Peregrino fuera llevada a cabo por un poeta como Gottfried Ar¬≠nold, cuya simpat√≠a hacia el pietis¬≠mo y la amistad con el impulsor de esta corriente, Jacob Spener, le granjearon tensiones con la orto¬≠doxia. Cabe recordar que Johann Sebastian adquiri√≥ un libro de Spener, El celo contra el papismo, lo que viene a demostrar la conviven¬≠cia de ciertos movimientos que, en su raz√≥n √ļltima, eran coinciden¬≠tes: la meditaci√≥n como uno de los caminos que llevan a sentir la in¬≠manencia de Dios en todo lo crea¬≠do, un Dios, esencia infinita, que, para cumplir su perfecci√≥n, nece¬≠sita de la existencia.

Silesius no pod√≠a estar lejos del esp√≠ritu de Bach si recomendaba en la ‚ÄúAdvertencia al lector‚ÄĚ a Ruysbroeck, Herp, Sandeo y Tauler, al que cita con insistencia. Es¬≠ta pregunta se hace extensiva a Kempis, del que Lutero tom√≥ bue¬≠nos consejos. ¬ŅNo tuvo en sus ma¬≠nos el librito De imitatione Christi, que alumbr√≥ todos los rincones de la espiritualidad cristiana? Y un √ļl¬≠timo punto: el universo intelectual de Bach lleva a Cantagrel[12] a cues¬≠tionarse si en verdad la presencia de Comenius s√≥lo qued√≥ en el contacto que tuvo con su manual, Latinitatis Vestibulum (1662), estu¬≠diado por el joven Johann Sebas¬≠tian en Luneburgo. Quiz√° ha sido poco valorada la presencia de este autor moravo en el ambiente cul¬≠tural que rode√≥ al compositor. De hecho, el sabio defendi√≥ algo que no era ajeno a nuestro m√ļsico: la conciliaci√≥n del idealismo m√≠stico con el realismo cient√≠fico. Descar¬≠tes y Leibniz admiraron en Come¬≠nius la magnitud de una propues¬≠ta intelectual que repercuti√≥ en Europa, una empresa del esp√≠ritu que no dej√≥ impasibles a B√∂hme ni a Spener, porque sus libros, con acento en Pansophia (1648), le convirtieron en un portavoz de las tendencias m√°s avanzadas. Bach deb√≠a sentirse cerca de quien afir¬≠m√≥ que los conceptos y las pala¬≠bras tienen que reducirse a un mismo sistema, como sucede en la armon√≠a musical[13].

Pia Desideria

En los anaqueles de Bach reposa¬≠ban veinte vol√ļmenes de Lutero, todos ellos in folio ‚ÄĒexcepto un ser¬≠monario in quarto‚ÄĒ, siete de los cuales correspond√≠an a una edi¬≠ci√≥n de las Obras tasadas en cinco t√°leros, m√°s otra de igual conteni¬≠do en ocho tomos y valorada en un t√°lero menos. Tambi√©n, como t√≠tulos significativos, estaban las Charlas de sobremesa (Tischreden) y la tercera parte del Comentario de los Salmos (Comment. √ľber den Psalm, 3ter Theil). Con este mate¬≠rial profundiz√≥ en las Sagradas Es¬≠crituras. Si a ello se a√Īade que contaba con el referido comentario de Calov a la Gran Biblia Alemana y con La gran Llave de todas las Sa¬≠gradas Escrituras de Johann Olea¬≠rio (u Olearius), se puede aceptar la autoridad de Bach al respecto.

Realmente, en los escritos del reformador las referencias musica¬≠les son una constante, y no es ne¬≠cesario ce√Īirse a los pr√≥logos de las colecciones de corales para comprobar su entusiasmo por la m√ļsica. En las Charlas de sobreme¬≠sa afirma que Sat√°n es el esp√≠ritu de la tristeza ‚Äúy por eso mismo le desagrada la m√ļsica‚ÄĚ[14], o que el Papa, cuclillo ladr√≥n, ‚Äúno puede aguantar las canciones, la predica¬≠ci√≥n, la doctrina de los maestros piadosos, cristianos y rectos‚ÄĚ[15]. Cuando fue publicada la citada ep√≠stola A los magistrados, procla¬≠maba que, de tener ‚Äúhijos y posibilidades para hacerlo, no s√≥lo les ense√Īar√≠a lenguas e historias, sino tambi√©n a cantar, m√ļsica y todas las matem√°ticas‚ÄĚ[16]. Como san Agust√≠n, Lutero ten√≠a la convicci√≥n de que cantar era rezar dos veces.

En una carta de 1523 a Spata¬≠lino queda patente su deseo de que la voz divina llegue al mayor n√ļmero de fieles, por eso escribi√≥ canciones en alem√°n ‚ÄĒ‚Äúpsalmos vernaculos‚ÄĚ‚ÄĒ con el fin de introdu¬≠cirlas en las iglesias. Lo que trata¬≠ba de conseguir, entre otras cosas, en la Misa alemana (Deutsche Messe) de 1526 era ese mayor com¬≠promiso con la feligres√≠a. Es im¬≠portante destacar que la austeri¬≠dad de la m√ļsica eclesi√°stica de¬≠fendida por los calvinistas favore¬≠ci√≥ que los luteranos se sintieran impulsados a crear un repertorio ampl√≠simo, desde Decius a Hass¬≠ler, desde Cr√ľger a Tunder, Scheidt, Kuhnau y tantos m√°s, ca¬≠si incontables, que levantaron una c√ļpula rematada por Bach. Es cier¬≠to que la vocaci√≥n musical de Lu¬≠tero fue uno de sus mayores lega¬≠dos, y tan importante que marc√≥ el devenir de la m√ļsica de su pa√≠s. Es normal que todav√≠a en el XVIII los m√ļsicos sintieran esta herencia co¬≠mo algo impagable. Bach no fue una excepci√≥n. Otra cosa es pen¬≠sar hasta qu√© punto, en lo teol√≥gi¬≠co, como es costumbre afirmar, fue un espejo del reformador. Es acertada la expresi√≥n de Robin A. Leaver al se√Īalar que Bach ‚Äúera un t√≠pico luterano de clase media del siglo XVIII‚ÄĚ[17], no m√°s. ¬ŅO quiz√° s√≠ fue ‚Äúalgo m√°s‚ÄĚ? Aunque nada pue¬≠de afirmarse, no es irrelevante el que en su biblioteca hubiera textos de m√≠stica medieval y autores pie¬≠tistas al lado de otros identificados con la m√°s pura ortodoxia.

Dundas Puzzle © Andrea Geile 2006. Photo: © M. Wolchover

Dundas Puzzle © Andrea Geile 2006. Photo: © M. Wolchover

Recordemos que a la muerte de Lutero, y a causa de las intermina¬≠bles disputas, se hizo necesaria la elaboraci√≥n de un libro que armo¬≠nizara las diferentes tendencias lu¬≠teranas. Fue el origen de Concor¬≠dia, recopilaci√≥n de textos hecha en Dresde en 1580, Jean Delu¬≠meau[18] comenta que se estableci√≥ una encarnizada batalla entre los partidarios de Melanchthon, en su mayor√≠a de la Universidad de Wit¬≠tenberg, y los de Jena, a quienes llama ‚Äúintegristas‚ÄĚ. Este Libro de la Concordia acog√≠a p√°ginas como las de la Confesi√≥n de Augsburgo (1530) de Melanchthon y la poste¬≠rior Apolog√≠a redactada sobre este documento, los dos catecismos, la F√≥rmula de la Concordia y Los art√≠¬≠culos de Schmalkalda, que Lutero escribi√≥ entre 1537 y 1538. El que Bach diera conformidad a dicho Libro para acceder al cargo de San¬≠to Tom√°s ha suscitado numerosos comentarios, unas veces en la di¬≠recci√≥n que afirma su luteranismo ortodoxo, y otras en la que se su¬≠giere debi√≥ de aceptar el docu¬≠mento como requisito para hacerse con la plaza. Que suscribiera la Concordia nada tiene de particular: era un tr√°mite exigido a cualquier maestro, m√ļsico o pastor que pre¬≠tendiera obtener un puesto dentro de la iglesia. No acatarlo supon√≠a, directamente, renunciar a la cantor√≠a.

Como hemos dicho, no es de¬≠fendible ya la idea decimon√≥nica de un Bach beato e intransigente sujeto a un luteranismo conserva¬≠dor, ni tiene sentido sostener, co¬≠mo se quiere hoy, un supuesto ag¬≠nosticismo que le llev√≥ ‚Äúa tolerar‚ÄĚ la teolog√≠a y las pr√°cticas luteranas con tal de componer m√ļsica[19]. Aunque en la biblioteca estaba la obra in quarto del ortodoxo Sten¬≠ger, Bases de la Confesi√≥n de Augs¬≠burgo (Grundveste der Augspurgis¬≠chen Confes√≠on), su actitud de¬≠muestra que no ignor√≥ lo que re¬≠sonaba en otras corrientes, e inclu¬≠so en confesiones ajenas. Por eso es l√≥gico que junto al libro de Stenger tuviera El celo contra el pa¬≠pismo (Byfer wieder das Pabstthum) debido a Spener, cuya obra Pia desideria[2o] de 1675 fue el verdade¬≠ro manifiesto del pietismo alem√°n.

Spener denost√≥ las pol√©micas y, casi a la manera de Pascal, conde¬≠n√≥ la vida mundana, convencido de que ciertas actividades distra√≠an el camino hacia Dios. As√≠ las cosas, era previsible que los pietistas ob¬≠servaran con cautela la interven¬≠ci√≥n de la m√ļsica, y no s√≥lo en los oficios. Esto entra en contradic¬≠ci√≥n con la voluntad de Bach, pero es verdad que los compositores, empezando por las obras postreras de Sch√ľtz, fueron sensibles a los credos pietistas. Pero alinear a Bach en una determinada corrien¬≠te resulta ocioso. Su m√ļsica jam√°s presenta un enfrentamiento entre el esp√≠ritu y la Raz√≥n. Esto la hace indefinible. Al fin y al cabo, lo ex¬≠presado por Spener proced√≠a de un valioso sustrato en el que se mezclaban la m√≠stica medieval, es¬≠pecialmente Tauler, la devotio mo¬≠derna, la palabra de Kempis y la iluminaci√≥n de B√∂hme, aunque tambi√©n el discurso de cat√≥licos como el del quietista Achille Gagliardi, e incluso herencias deudo¬≠ras de la m√≠stica hebrea como el sabbatianismo, que tuvo su expan¬≠si√≥n en el XVII. Si se tiene en cuenta que el pietismo tampoco desestim√≥ las corrientes ocultistas, podemos imaginar cu√°nto agluti¬≠n√≥ esta nueva sensibilidad que afect√≥ tambi√©n a lo ideol√≥gico.

En el fondo, se fraguaba y pro¬≠pon√≠a el nacimiento de un mundo nuevo, de ah√≠ que a principios del XVIII el pietismo ganara las simpa¬≠t√≠as no s√≥lo de los eclesi√°sticos, si¬≠no tambi√©n, y con qu√© √©nfasis, de personalidades del mundo art√≠sti¬≠co e intelectual laico que contaron con un peso determinante en la Aufkl√§rung. No debe pasar por alto que una parte de la nobleza se identific√≥ con los pietistas, y el ca¬≠so m√°s palmario es el del jovial Zinzendorf. No es exagerado reco¬≠nocer que lo aportado por este cre¬≠do result√≥ decisivo para el pensa¬≠miento alem√°n en su tendencia ha¬≠cia el racionalismo y el individua¬≠lismo. Klopstock fue pietista, lo mismo que Schiller. Sabemos de su influencia en Goethe, y no me¬≠nos en Novalis. En uno de los lu¬≠gares m√°s se√Īalados por el pietis¬≠mo, K√∂nigsberg, hab√≠a nacido Kant el mismo a√Īo en que Bach present√≥ la primera versi√≥n de la Pasi√≥n seg√ļn san Juan, es decir, 1724.

Bach se educ√≥ en una m√ļsica marcada por la trascendencia, al igual que ley√≥ textos de pregunta metaf√≠sica, atentos a los avisos de la muerte. Esta forma de sentir, estos golpes de nihilismo que, parad√≥jicamente, llevan a estados espirituales extremos, fueron inherentes a la personalidad bachiana.

Pensar el consuelo

Si alguien dej√≥ huella en el autor de P√≠a desider√≠a ese fue el aludido Arndt, del que Bach ten√≠a La ver¬≠dad del Cristianismo (Wahres Chris¬≠tenthum) (1605-1609). Su obra fue la primera y m√°s seria revisi√≥n de la l√≠nea trazada por Lutero, una vi¬≠si√≥n alentada por la m√≠stica: el hombre asiste a una especie de na¬≠cimiento, a una reinterpretaci√≥n de s√≠ mismo. Bach estaba imbuido de la lectura de Arndt… quiz√° por ello pod√≠a compartir como pocos el contenido de El tiempo y la eter¬≠nidad (Zeit und Ewigkeit) de Martir Geier (o Geyer), que ten√≠a en la biblioteca; sus p√°ginas le llevaron algo m√°s que a una meditaci√≥n re¬≠ligiosa. ¬ŅC√≥mo pod√≠a Bach deso√≠r las reflexiones de un autor que analiz√≥ la humana conditio y que en la tradici√≥n de san Agust√≠n, de¬≠claraba que lo eterno es aquello que no puede ser medido por el tiempo? La pregunta sobre de ae¬≠ternitate mundi, que preocup√≥ a los fil√≥sofos y te√≥logos medievales, se planteaba de forma distinta en los d√≠as de Geier: el mundo es una cir¬≠cunstancia y la eternidad un esta¬≠do que acoge todas las finitudes. La obra de Geier es en realidad una vanitas, una percepci√≥n del mundo que no resultaba ajena a Bach. Expresa el miedo barroco de la desposesi√≥n. No es dif√≠cil darse cuenta de la magnitud que este pensamiento tr√°gico adquiri√≥ en el m√ļsico, cuya intensa subjetividad se convirti√≥ en su propia condena: la identidad no es una relaci√≥n inofensiva consigo mismo, sino un estar encadenado a s√≠ mismo, ha dicho Emmanuel Levinas[21].

Bach se educ√≥ en una m√ļsica marcada por la trascendencia, al igual que ley√≥ textos de pregunta metaf√≠sica, atentos a los avisos de la muerte. Esta forma de sentir, es¬≠tos golpes de nihilismo que, para¬≠d√≥jicamente, llevan a estados espi¬≠rituales extremos, fueron inheren¬≠tes a la personalidad bachiana. Es¬≠te asunto ha sido estudiado con mucho provecho por David Yearsley[22]. ¬ŅPor qu√© tantos t√≠tulos de Heinrich M√ľller en su biblioteca? Muchas arias de la Pasi√≥n seg√ļn san Mateo est√°n impregnadas del due¬≠lo e inquietud visibles en los Ser¬≠mones sobre las desdichas de Jos√© (Predigten √ľber den Schaden Jo¬≠sephs), obra de elevada medita¬≠ci√≥n, como tambi√©n de M√ľller son la Llama de amor (Liebes Flamme) y Consejo Divino (Rath Gottes), escri¬≠tos de recogimiento que se com¬≠plementan con otros de acento doctrinario, como Lutherus Defensus, Atheismus y Judaismus, tan bi√©n contados en la relaci√≥n de libros.

Nos interesa ahora una obra que debi√≥ de acompa√Īarle en momentos de soledad: Las horas consolatorias (Erquickstunden), donde Muller reflexiona sobre la muerte de un modo que ven√≠a alimentando desde la Edad Media. Cuando los comentaristas abordan este asunto y lo relacionan con las lecturas de Bach se√Īalan una tradici√≥n que conduce a Lutero, autor del Ser¬≠m√≥n de preparaci√≥n a la muerte (Ein Sermon von der bereitung zum ster¬≠ben, 1519), pero el reformador no inaugur√≥ un g√©nero, sino que con¬≠tinu√≥ el cultivo de las ars moriendi en las que se aconsejaba c√≥mo un buen cristiano deb√≠a emprender el tr√°nsito final. Las ediciones de este tipo se extendieron de modo inau¬≠dito en toda Europa, lo que revela una gran preocupaci√≥n por la sal¬≠vaci√≥n personal. Alberto Tenenti[23] manifest√≥ que estos textos piado¬≠sos iban dirigidos ‚Äúa los que goza¬≠ban de buena salud‚ÄĚ, antes que a los enfermos. Aprender el arte de bien morir fue una ense√Īanza cu¬≠ya expresi√≥n como scientia morien¬≠di se encuentra por primera vez en el Horologium sapientiae (c. 1345) de Enrique de Suso. Las horas con¬≠solatorias tiene, por supuesto, su origen en el sustrato de esta litera¬≠tura. En correspondencia, la m√ļsi¬≠ca de los predecesores de Bach muestra esta tiniebla espiritual, densa en Tunder, Sch√ľtz, Theile y tantos m√°s. Todos ellos crearon, lo mismo que Johann Sebastian, au¬≠t√©nticas ars moriendi musicales.

Esta complejidad, no s√≥lo es¬≠piritual, hizo renacer las lecturas de Ruysbroeck, Eckhart y sobre todo Tauler, cuyos Sermones Bach hab√≠a comprado. Este m√≠stico re¬≠nano refiere obsesivamente el con¬≠cepto de liberaci√≥n, corp√≥rea y del alma, e insiste en romper la cauti¬≠vidad terrena, algo expresado por el m√ļsico en muchos momentos. Los de Lauler son escritos que resultan un lazo de uni√≥n entre el intelecto, la filosof√≠a y el ‚Äúfondo secreto del alma‚ÄĚ, una invitaci√≥n a pensar el ser y la nada como una sola dimensi√≥n[24]. No aceptar la oposici√≥n entre lo racional y lo irracional explica con claridad que Schopenhauer fuera asiduo lector de aquellos m√≠sticos, lo mismo que Martin Heidegger en el siglo XX.

Al igual que M√ľller, esta l√≠nea fue continuada por August Pfeiffer, que, despu√©s de Lutero, es el nombre m√°s representado en la biblioteca del m√ļsico. Al lado de obras como Anti Calvin y La escuela evang√©lica de los cristianos (Evangel√≠sche Christen Schule), pose√≠a el Anti-Melancholicus. Estos tres libros, que no pasan inadvertidos a Yearsley, debieron parecerle de un inter√©s especial por cuanto anot√≥ sus t√≠tulos en la portada del Clavierb√ľch¬≠lein de Anna Magdalena. Los com¬≠pr√≥ por 1 t√°lero y 24 groschen. Las Pasiones, as√≠ como las cantatas, est√°n, al igual que sucede con M√ľ¬≠ller, cinceladas por la visi√≥n de Pfeiffer[25]. El deseo de muerte, la tan moderna y barroca necesidad de disoluci√≥n y de exclusi√≥n de la realidad se traslada a las partituras de un modo insistente, como en la f√ļnebre BWV 157. Escucharla es detenerse ante el Cristo muerto de Holbein y meditar la condici√≥n del ser, como lo hizo Dostoievski ante ese mismo lienzo en Basilea[26]. Pero ¬Ņc√≥mo sobrevivir a este sentimien¬≠to? Para ello Pfeiffer propugna un rechazo de la melancol√≠a, ‚Äúenfer¬≠medad grave‚ÄĚ como la llam√≥ Tere¬≠sa de Jes√ļs[27]. Fueron tantos los tra¬≠tados para curar el √°nimo melan¬≠c√≥lico, que el estudio del que se consideraba un desequilibrio hu¬≠moral se extendi√≥ tanto al terreno cient√≠fico como al espiritual. El Anti-Melancholicus (1691) recog√≠a esta tradici√≥n: ning√ļn ‚Äúquebranto del √°nimo‚ÄĚ debe de interponerse la voz divina y el hombre. Pfeiffer, archidi√°cono en Santo To¬≠rn√©s hasta 1689, hab√≠a conseguido que a√Īos despu√©s de su muerte si¬≠guiera dirigi√©ndose la mirada a la melancol√≠a como un conflicto, ese mismo problema que llev√≥ a Ro¬≠bert Burton a publicar una magna Anatom√≠a de la melancol√≠a (1621) en la que compendi√≥ todas las re¬≠cetas para luchar contra ella. Una, y eficaz, es la m√ļsica, puesto que se trata de ‚Äúla mayor medicina pa¬≠ra elevar y reanimar un alma l√°n¬≠guida‚ÄĚ: aten√ļa los miedos, expulsa los sufrimientos y aleja los descon¬≠tentos[28]. Bach ten√≠a plena certeza de ello.


[1] R. Chartier, ‚ÄúLas pr√°cticas de lo escrito‚ÄĚ, en P. Ari√©s y G. Duby, Historia de la vida privada, V, Madrid, 1989, pp. 113-161. Es tambi√©n de inter√©s su tex¬≠to El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, 1992.
[2] P. Spitta, Johann Sebastian Bach, Leipzig, 1873-1880; reimp. en ingl√©s, Mineala, 1992. Existe una edici√≥n abreviada en espa√Īol, Johann Sebastian Bach, su vida, su obra, su √©poca, basada en una edici√≥n de W. Schmieder, M√©xi¬≠co D. F., 1959.
[3] R. Chartier, Op. cit., p. 129.
[4] Bach-Dokumente, III/666. Se sigue aqu√≠ la edici√≥n espa√Īola de H.-J. Schul¬≠ze, Johann Sebastian Bach. Leben und Werh in Dokumenten, en la cuidada tra¬≠ducci√≥n de J. J. Carreras, Johann Sebas¬≠l√≠an Bach. Documentossobre su vida y su obra, Madrid, 2001, p. 244.

[5] BD, I/123, p. 170.
[6] Hoy se guarda en la Ludwig Feuerbringer Library of Concondia Se­minary de San Luis, Missouri.
[7] A. Basso, Frau Musika. La víta e le opere di J. S. Bach, Turín, 1979-1983; reímp. 1992, II, p. 732.
[8] C. Wolff, Johann Sebastian Bach. The Learned Musician, Nueva York, 2000. Existe una deficiente edici√≥n espa√Īola, Johann Sebastian Bach. El m√ļsico sabio, Barcelona, 2002-2003, I, 74.
[9] P. Charru y C. Theobald, L’Esprit cr√©ateur dans la pens√©e musicale de Jean-¬≠S√©bastien Bach, Sprimont, 2002, p. 52.
[10] J. Butt (ed), The Life of Bach, Cambridge, 1997; v√©ase en la traduc¬≠ci√≥n espa√Īola, Vida de Bach, Madrid, 2000, su texto ‚Äú¬ŅUna mente incons¬≠ciente que calcula?‚ÄĚ Bach y la filosof√≠a racionalista de Wolff, Leibniz y Spino¬≠za‚ÄĚ, p. 99.
[11] Algunos de los más significati­vos fueron introducidos por Bach en diversas cantatas, como BWV 60 y 105, además del Oratorio de Navidad BWV 214.
[12] G. Cantagrel, Le moulin et la ri­vière, París, 1998, p. 521.
[13] Panglotia, III, 7.
[14] Op. cit., p. 450 (WA 194).
[15] Ibid., p. 542 (WA 4.892).
[16] Ibid., p. 228 (WA 15, 27-53).
[17] ‚ÄúM√ļsica y luteranismo‚ÄĚ, en J. Butt (ed.), Op. cit., p. 68. V√©ase tambi√©n Bach‚Äôs theolog√≠sche B√≠bliothek; eine hritis¬≠che B√≠bliographie/Bachs Theological Li¬≠brary: A Crit√≠cal Bibliography, Neuhau¬≠sen-Sttutgart, 1983.
[18] Naissance el affirmation de la Re­forme, París, 1965, reimp. 1999; trad, cast. La Reforma, Barcelona, 1985, 146- 147.
[19] R. A. Leaver, op. cit., p. 68.
[20] Pia desideria, o Aspiraci√≥n sincera a una mejora grata al divino benepl√ļcito de la verdadera iglesia evang√©lica (Pia desideria, oder herzliches Verlangen nach gottgef√ļlliger Besserung der wahren evan¬≠gelischen Kirche), Frankfurt, 1675.
[21] Le temps et Lautre, Saint-Clé­ment, 1979; trad. cast. El tiempo y el otro, Barcelona, 1993, p. 93.
[22] D. Yearsley, Bach and the Mea­nings of Counterpoint, Cambridge, 2002. Véase el primer capítulo, especialmente las pp. 5-28.
[23] ‚ÄúUarte di ben morire‚ÄĚ, en II sen-so della morte e Lamore della vita nel Ri¬≠nascimento, Turin, 1957, pp. 62-84.
[24] Libera, A. de., Echhart, Suso, Tauler ou la divinisation de l’homme, Pa¬≠r√≠s, 1996, pp. 77-78.
[25] Véase D. Yearsley, op. cit, pp. 7- 10.
[26] Pintado en 1522, se guarda en el Kunstmuseum de dicha ciudad. Para su reflexión véase J. Kristeva, Soleil noir Dépression et melancolie, París, 1987 (tirad. cast. Sol negro. Depresión y melan­colía, Caracas, 1991). La cantata BWV 157 está escrita in memoriam de Johann Christoph von Ponickau, consejero de la corte sajona.
[27] Libro de las Fundaciones, VII, 8.
[28] El t√≠tulo original es Anatomy of Melancholy, Londres, 1621; a √©sta pri¬≠mera siguieron otras seis hasta 1676. (Trad. cast. Anatom√≠a de la melancol√≠a, Madrid, 199 7-2002, 3 vols). 11, ‚ÄúSegun¬≠da secci√≥n, Miembro Pv~ Subsecci√≥n III, ‚ÄúLa m√ļsica como remedio‚ÄĚ, pp.ll6-119.

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