Cataluña en la edad media
Canto gregoriano y primitivas polifonÃas.
JUAN CARLOS ASENSIO (Esmuc)
Nos encontramos en no importa qué lugar de Europa Occidental, en algún momento entre los siglos V y VIII. Algunas de las grandes metrópolis que otrora lo fueron también en el extinto imperio romano, presumen de ceremonias, cantos y liturgia. Cada una de ellas presenta la suya propia. Tampoco importa. No existe el centralismo. Roma no impone a Milán sus cantos. Ni Benevento a la Galia ni a Hispania. Aquileia y Rávena mantienen las distancias. Y no sólo en millas romanas, sino en el culto. Tras la expansión de los primeros cristianos por Oriente y por Occidente, con la adopción por estos a partir del s. IV del latÃn, prácticamente sólo la lengua será común en las celebraciones litúrgicas. Quizás aparentemente sólo lo es la lengua, pero el sustrato del mensaje cristiano permanece (y no sólo en Occidente sino también en los lugares dependiente de Antioquia o de AlejandrÃa). Y, probablemente, si lo conociéramos mejor, algunas otras cosas serÃan comunes. Desde luego lo son las fuentes de los textos: la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y la manera de ornamentar estos textos con el canto.
La oralidad era la manera de transmisión no solo de los textos, sino también de las melodÃas. Cualquier estructura melódica de transmitÃa “de boca a orejaâ€. Para conocer una melodÃa, alguien la tenÃa que cantar previamente. En este contexto y con estos condicionantes se forman se formó un mosaico de liturgias pregregorianas que obedece, pues, a divisiones regionales heredadas de la antigüedad:
- Milán y sus territorios vecinos desarrollaron a partir del s. IV una importante liturgia que aún se conserva. (El repertorio milanés se conoce también con el nombre de ambrosiano en homenaje al obispo san Ambrosio (+397) impulsor del culto en la región).
- Roma, la metrópoli, cuya liturgia y canto llamado hoy romano antiguo perduró en la ciudad eterna hasta finales del s. XIII.- Benevento, la zona sur de Italia, conoció una liturgia llamada beneventana, influida de manera directa por prácticas orientales y suplantada definitivamente en el transcurso de los siglos X-XI.
- Aquileya y Rávena tuvieron también sus liturgias propias, de las que apenas conservamos documentación.
- El norte de Ãfrica, pionero en la traducción de la Biblia al latÃn, nos ha dejado entre los testimonios de sus antiguos Padres (Tertuliano, AgustÃn,…) la prueba de una fecunda creación litúrgica.
- Algunos vestigios del repertorio de las Islas Británicas, que más tarde desembocarÃa en el llamado rito Sarum o de Salisbury.
- La Galia franca conoció uno o varios repertorios llamados galicanos, resultado de la fragmentación polÃtica de su territorio, hasta la adopción de un nuevo repertorio en el siglo VIII.
- La Hispania visigoda, cuna de importantes liturgistas y legisladores eclesiásticos, desarrolló una liturgia y un canto conocidos como hispano o hispano-visigótico que con el tiempo recibirÃa el nombre de mozárabe, a pesar de que sus raÃces aparecen ya documentadas siglos antes de la presencia árabe en la PenÃnsula. Hispania que habÃa aportado al decadente imperio sus mejores hombres, que como el resto de regiones habÃa regado con la sangre de los mártires el suelo patrio, sintió como pocas el ardor de la nueva fe. Grandes personajes, sus obispos, contribuyeron a extenderla mediante una profunda evangelización acompañada de la fundación de centros en los que se impartirÃa la teologÃa, se realizarÃan las catequesis apropiadas a la vez que la codificación canónica se sumarÃa a los logros eclesiales de los hispanos. Las provincias Tarraconense y Bética existentes ya como entes administrativos en el imperio romano pasan a ser por derecho propio los nuevos centros que dominan las dos grandes tradiciones litúrgicas de la Hispania paleocristiana.
Sin duda una de las mayores preocupaciones de las autoridades eclesiásticas durante los primeros siglos del cristianismo, fue la de ordenar y sistematizar los textos y los cantos para las distintas funciones litúrgicas. La Tarraconense evidencia que algunos de sus obispos, como Paciano (s. IV) ya se dedicaron a estas tareas. Durante la primera mitad del s. VI, los sÃnodos de los obispos catalanes se dedicarÃan a tareas de estructuración y unificación de la liturgia de manera similar a como lo hacÃan el resto de las diócesis. Bajo el impulso de Cesáreo de Arlès (que en el año 514 habÃa recibido un nombramiento papal para vigilar tanto Hispania como las Galias) se van a celebrar los concilios de Tarragona (516) y Gerona (517). Más tarde en las reuniones de Barcelona (540) y Lérida (546) se trazarán las bases definitivas para una definición de la liturgia hispánica que, desde las distintas diócesis (incluida la Septimania) sentarán las normas que caracterizarán la liturgia local hacia el año 700. Según han indicado ya algunos estudiosos, la diócesis Tarraconense al igual que el resto de las hispanas contribuyó de manera decisiva al perfil litúrgico autóctono. No en vano determinadas ciudades de esta diócesis habÃan sido centros culturales y administrativos importantes (Barcelona y Narbona, por ej.) hasta que en el último tercio del s. VI se establece de manera definitiva la capital en Toledo. Aunque hasta el año 681 no se constituye de manera oficial como la sede primada de España y con ello el poder de consagrar los obispos tanto de la PenÃnsula como de la Galia narbonense, quizás Toledo supo absorber caracterÃsticas litúrgicas de los distintos lugares que a partir de ese momento comenzó a tutelar. Recordemos aquà la labor de obispos como Justo de Urgell o Pedro de Lérida (s. VI) ambos compositores de textos de oraciones para el oficio divino que más tarde se incorporarán a las colecciones oficiales de textos hispánicos.
A partir del año 711, la situación polÃtica, social y cultural va a cambiar de manera radical. En primer lugar favorecerá la dispersión de muchos eclesiásticos procedentes de la Tarraconense y de Narbona hacia Italia y, sobre todo, hacia el sur de Francia, región que se verá favorecida por la llegada por los clérigos huidos. Nombres de personajes visigodos como Teodulfo de Orleáns, Agobardo de Lyon, Benito de Aniano (Witiza), Prudencio de Troyes y otros serán piezas fundamentales en el desarrollo de los ideales litúrgicos y culturales de los carolingios que a partir de mediados de la octava centuria van a inaugurar una nueva era. Junto con la dispersión de los clérigos, también van a emigrar algunos códices. Uno de los más importantes el Oracional de Verona (Figura 1) confeccionado en los primeros años del 700 destaca por ser la fuente más antigua que testimonia de manera clara que los cantos de la liturgia hispánica ya estaban plenamente desarrollados. No tiene notación musical, pero sà recoge de manera ordenada los textos de canto para cada una de las funciones litúrgicas.





