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Inici » Articles, núm. 013, gener del 2012 8 gener 2012

Mozart, lector

RAMÓN ANDRÉS

©Kaisei Yamamoto. n43, Univers

©Kaisei Yamamoto. n43, Univers

En una de las habitaciones de la vivienda que Mozart ocupó durante su último año de vida, en la Rauhensteingasse de Viena, había una mesa, un sofá, seis sillas adamascadas y un escritorio. También contenía un pequeño armario para guardar las partituras, dos estanterías y un fortepiano en lo que podría considerarse el estudio de la casa. Es posible que en dicha estancia estuviera la biblioteca, por lo que sabemos exigua. Cabe preguntarse en qué medida Mozart fue un aficionado a la lectura ¿Cuál era, en verdad, su relación con los libros? Leopold, padre del músico, se jactaba de haberle ofrecido una buena educación, superior a la que pudieron recibir, por ejemplo, los hermanos Haydn, alumnos de la Escuela Imperial vienesa a la que más tarde acudiría Franz Schubert. Esta orgullosa actitud de Leopold puede justificarse bien: a mediados del siglo XVIII se produjo un profundo cambio social que comportó la aparición de una nueva mentalidad; entre los rasgos esenciales de ésta puede subrayarse una circunstancia que todavía permanece, a saber, el fomento de la figura del hijo como «proyecto» y estandarte del futuro, como proyección y superación de lo que cabe aceptar como frustraciones paternas. Mozart fue uno de esos niños «ideados» para el devenir, nacido en una sociedad calculadora y soberbia. Leopold, como buen espíritu de su tiempo, receptivo a los aires de la Ilustración, reunía en sí un ideal, ser padre y maestro a la vez. En el terreno musical su caso no fue el único; siempre había un padre dispuesto a mostrar a su adiestrado hijo-prodigio, al que se le inculcaba la condición de único. Así sucedió con Beethoven, cuyo progenitor ocultaba la edad del muchacho, al que quitaba tres o cuatro años ante el público del auditorio que iba a escuchar al pequeño pianista; lo propio ocurrió con Hummel, que fue, lo mismo que Mozart, exhibido en numerosos salones.

El que fuera autor del Ensayo para una escuela elemental de violín había estudiado filosofía en la Universidad de Salzburgo, y aunque no terminó los cursos seguramente a causa de la precaria economía familiar, siempre demostró amor por la lectura. Eso explica que las cartas y los documentos muestren a un Leopold disgustado ante la actitud, digámoslo así, poco aplicada e indolente de Mozart. Una crónica de la poetisa Caroline Pichler, que conoció bien al compositor, refiere que éste no tenía una particular sensibilidad intelectual, y que su talante dejaba entrever una formación escasa. Cuenta Pichler que un día, tras una improvisación al piano, el músico saltó por encima de la mesa y las sillas y empezó, burlón, a maullar. ¡Cuánto exasperaban estas bromas al estirado Leopold! ¿En qué había quedado su cuidadoso legado?

No es casual que al acercarnos a los anaqueles del estudio de composición del músico encontremos unos pocos libros, que en su mayor parte eran herencia paterna, o bien obsequio de algún amigo, caso de las obras teatrales de Johann Gottfried Dyk. Unos tomos de prosa y poesía de Salomon Gessner, reunidos bajo el título de Idilios, se hallaban también en la biblioteca. Hijo de un librero, fue uno de los poetas más celebrados de entonces, considerado por la crítica como un tapiz literario del rococó, un corazón bucólico cargado de nostalgia. Los ejemplares eran los que el propio autor regaló a los Mozart a su paso por Zúrich en 1766. El pequeño Mozart tocó ante él y, como quiera que era grabador y autor de aguafuertes, les dedicó el libro –una edición de 1765– e hizo un dibujo del muchacho sentado ante el teclado. Gessner mantuvo una relación muy estrecha con otro poeta, Christoph Martin Wieland. De este último, también, había unos ejemplares en la biblioteca mozartiana, asimismo probable pertenencia de Leopold.

Cuando Mozart tocó en su anhelado Mannheim en 1777 pudo conocer personalmente a Wieland, y aunque en una de las cartas se desprende cierta familiaridad con su obra, no puede afirmarse hasta qué punto la conocía en profundidad. Seguramente, Leopold debió transmitirle sus juicios sobre el que fuera célebre por la creación de Oberón, y es muy posible que la visión de Mozart acerca del escritor quizá residiera únicamente en los comentarios paternos, poco más. Los dos volúmenes de la biblioteca eran los Papeles póstumos de Diógenes de Sinope (1770) y el mencionado y aplaudido poema caballeresco, que conservaba en la edición de 1781. A pesar de la influencia que ejercería Wieland sobre la ópera alemana, y de su preeminente papel cultural, no pareció impresionar a Mozart, quien en una carta lo tilda de soberbio y afectado, y hace hincapié en su feo rostro, «lleno de picaduras de viruela», y dice que la suya era una voz infantil y su mirada «impertinente». El que para muchos fuera un alma excelsa, para el músico resultó ser alguien «de estúpida condescendencia». Con ese mismo desdén trató al todavía joven Ludwig Tieck, cuando éste merodeaba fascinado entre los atriles antes de un ensayo de El rapto del Serrallo.

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