|
Inici » Articles, núm. 013, gener del 2012 8 gener 2012

Mozart, lector

RAMÓN ANDRÉS

Mozart no se detenía en contemplaciones. Su sentido de la lectura era, por así decir, eminentemente práctico. Al enterarse de la muerte de Voltaire en 1778 espetó que «había estirado la pata como un perro», y cuando Leopold le recomendó visitar en París a Diderot y D’Alembert –cosa que incumplió– no tenía más interés que lograr de éstos ciertas credenciales. Y eso que Mozart guardaba en la biblioteca varios títulos del controvertido Beaumarchais, afín a las ideas de los ahora citados. Pero este referido «sentido práctico» le condujo a tomar tan sólo de Beaumerchais argumentos para sus óperas, de ahí surgieron Las bodas de Fígaro.

©Kaisei Yamamoto. n28, Sol

©Kaisei Yamamoto. n28, Sol

Puede decirse que estos volúmenes eran un simple material de trabajo. La presencia de Molière en sus estanterías –regalo hecho por su futuro suegro Fridolin Weber en 1777– es casual, aunque bien pudo servirle para alimentar su imaginación escénica. Es de notar que en tiempos de Mozart corrían por Alemania frecuentes adaptaciones de obras burlescas del escritor francés que hacían las delicias del público, deseoso de héroes ingeniosos y cáusticos.

Que tuviera en la biblioteca una obra de Moses Mendelssohn –abuelo de Felix Mendelssohn– ha inducido a ciertos estudiosos a ponderar al Mozart lector. Se trata del Phädon (1767), un escrito que, como indica el título, recoge argumentos platónicos sobre la inmortalidad del alma, que el filósofo de Dassau desarrolló a partir de la lectura de Leibniz, puesta al día y en correspondencia con las ideas del XVIII. El hecho de que tomara una frase de este libro relativa al devenir de la muerte, a la que trata de «amiga», y la destacara en la última carta dirigida a Leopold en 1787, ha hecho pensar en un interés del músico por la filosofía, pero este episodio debemos ceñirlo a un hecho anecdótico. Parece, una vez más, que el ejemplar había sido adquirido por Leopold bastantes años atrás, y que no fue significativo en la formación intelectual de Mozart. La biblioteca inventariada en 1961 por Otto Deutsch sugiere, como se ha dicho, una marcada orientación paterna.

Por lo comentado, es fácil entender que Alfred Einstein (1945) señalara que el compositor no era, ciertamente, un buen conocedor de la poesía alemana, y que su encuentro con el poema de Goethe, Das Veilchen (La violeta), fue una «simple casualidad». Einstein criticó la arbitrariedad con la que trató los poemas en sus canciones, pero eso no fue, sin embargo, exclusivo de Mozart, y en su descargo podría decirse que otro tanto sucedió en el caso de Haydn y de otros muchos de sus contemporáneos que escribieron canciones. Puede sorprender que en el catálogo mozartiano de Lieder se den cita autores de tan distinta valía, y así, junto al mencionado Goethe y los ilustres Jacobi, Ludwig Christoph Hölty o el fabulista Friederich von Hagedorn, aparecen otros de mérito muy inferior, caso de Johann Timotheus Hermes, Ludwig Friedrich Lenz o Michael Denis. También recurrió a poetas franceses, como Antoine Ferrand y Antoine Houdart de la Motte. A Mozart le gustaba retocar los poemas ajenos, y así lo hizo con la propia La violeta de Goethe, ¡a la que añadió unos versos!.

Sabemos que en 1800 el editor vienés Johann Anton André compró a Constanze Mozart un importante grueso de los manuscritos de su esposo ya difunto, y entre la relación de legajos y carpetas se señala la existencia de una edición de Las mil y una noches, que el músico leía en una edición italiana de 1770. Junto a los mencionados –su patrimonio de libros ascendía sólo a 23 florines– conservaba el Telémaco de Fénelon y, cosa llamativa, las Tristes de Ovidio en una versión bilingüe latino-alemana. Asimismo, y como es preceptivo, tenía en su poder numerosos libretos operísticos –poseía una edición veneciana de Metastasio–, poemarios –entre ellos los tres tomos de Christian Felix Weisse, Pequeños poemas líricos, y la Pequeña biblioteca infantil, que era una edición de canciones populares reunidas por Johann Abraham Peter Schulz– y, caso nada curioso entonces, panfletos contra el espíritu reaccionario y denunciadores de ciertas prácticas, como la castración.

Su afinidad con la masonería explica, por otra parte, la presencia de La metafísica en relación con la alquimia, una recopilación debida a Friedrich Oetinger, del mismo modo que, siendo como fue un obligado viajero, es lógico el testimonio de libros de viajes en su librería. Al lado de este pequeño fondo había varios tomos históricos de Sonnenfels y un título en inglés de Hannah Moore, Percy. H. C. Robbins Landon (1990) se pregunta si la lectura de una novela escrita por un amigo masón, titulada Faustin, o el siglo filosófico ilustrado, alimentó la «última fantasía paranoide» de Mozart respecto de Antonio Salieri, ya que el protagonista de la narración huye de Nápoles ante el temor de ser envenenado… También estaba en la biblioteca del último domicilio de Mozart.

* * *

|