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Inici » Articles, n√ļm. 015, juny del 2012 29 juny 2012

Y Nietzsche se volvió caballo

JORDI TERR√Č

Lo divino quiere habitar la carne.
[Luce Irigaray, Amante marina. De Friedrich Nietzsche]

Puede que choque a muchos y contradiga la perezosa etiqueta que como una maldici√≥n le acompa√Īa desde su pat√©tica, histri√≥nica entrada en el reino de las sombras, pero Nietzsche fue el primer intelectual deci¬≠mon√≥nico que, no s√≥lo por su situaci√≥n privilegiada, sino por su excepcional ol¬≠fato, pudo percibir y denunciar el huevo de ofidio que se estaba gestan¬≠do en los peque√Īos c√≠rculos pr√≥ximos al wagnerismo y que, medio siglo despu√©s, dar√≠a lugar al horror de los campos de exterminio nazis. S√≠, pri¬≠vilegiado y l√ļcido espectador, el luego sospechoso de todas las ignominias, fue el primero en percatarse, denunciarlo y tratar de tomar una asqueada distancia. Lo dice Jean-Pierre Faye, el principal estudioso de la forma¬≠ci√≥n de los lenguajes totalitarios y criminales de la primera mitad del si¬≠glo XX. Leed sus libros: El verdadero Nietzsche. Guerra contra la guerra, o Nietzsche y Salom√©. La filo¬≠sof√≠a peligrosa. E incluso, en negativo, La trampa. La filosof√≠a heideggeriana y el nazismo: a prop√≥sito de la ‚Äúguerra de los rectores‚ÄĚ, que precipit√≥ la ca√≠da en desgracia de Heidegger, y el giro de tuerca mediante el cual √©ste hizo recaer sobre Nietzsche la responsabilidad de su propia posici√≥n filos√≥fico-pol√≠tica. ¬ŅQu√© queda pues del Nietzsche protonazi que consagrar√≠an los primeros equipos del Nietzsche Archiv, dirigidos por la funesta herma¬≠na, y esa obra esp√ļrea, La voluntad de poder, urdida para santificar la coyunda contranatura?

¬ęFons mar√≠ amb flor¬Ľ. Collagraf sobre tablex, 2002 ¬©Maite Tarr√©s

¬ęFons mar√≠ amb flor¬Ľ. Collagraf sobre tablex, 2002
©Maite Tarrés

Elisabeth Nietzsche, la Gran Hermana, la administradora de su legado, la corresponsal de Mussolini, la donante al F√ľhrer del b√°culo dionis√≠aco y la decenios m√°s tarde fastuosamente enterrada en so¬≠lemne funeral presidido por la plana mayor del r√©gimen oprobioso, entablar√≠a un proceso contra Carl Albrecht Bernoulli, ex alumno del fiel amigo Overbeck, y conseguir√≠a una orden judicial por la cual ser√≠an censuradas, y literalmente tachadas en negro, p√°ginas enteras de su libro sobre el pe¬≠r√≠odo basilense de Nietzsche (Franz Overbeck y Friedrich Nietzsche. Una amistad). Ya desde el primer momento, Overbeck se hab√≠a desvinculado de esa h√≥rrida calceta de ganchillo hagiogr√°fica perpetrada por el comando de ‚Äúla moral naumburguesa‚ÄĚ que pon√≠a a disposici√≥n de las pavorosas fuerzas nacionalistas y antisemitas emergentes los escri¬≠tos de uno de los pensadores m√°s parad√≥jicamente inmanejables que ha¬≠yan penado sobre la faz de la Tierra. S√≠, el pensador de la “f√°bula del √°guila y el cordero”, del “triun¬≠fo de los esclavos en la moral”, el Anticristo, el intempestivo adversario de las ideas modernas, de las ideas triunfantes, y ponga usted en ese saco todo lo que quiera, se neg√≥ siempre, a lo largo de su vida, a compartir mesa con los bocazas de la estupidez y la abyecci√≥n protonazi. Paladares finos, es lo que reclamaba el pensador solitario, pero tambi√©n est√≥magos resistentes.

Porque, por supuesto, Nietzsche fue un pensador peligroso (¡de qué pensamiento que verdaderamente lo sea no podría decirse lo mismo!): ¡es que ciertamente no escribió para halagar los buenos sentimientos de las encopetadas comensales del Hotel Edelweiss, de Sils-Maria, a quienes, como recuerda la anécdota, desaconsejaba encarecidamente la lectura de sus libros!

Dec√≠a Roberto Calasso que “quien practica la filosof√≠a experimental debe aceptar que su propia filosof√≠a sea experimentada tambi√©n por gente abominable”… Pero sucede que, al hacerlo, esa gente abominable no consigue otra cosa que experimentar y dar prueba de su propia estupidez. Del autor del Catecismo antisemita, Theodor Fritsch, exclamaba Nietzsche horrorizado: “Cuando oigo la palabra ‘Zaratustra’ saliendo de su boca, siento ganas de vomitar”. Y cuando Nietzsche, el “buen europeo” que “piensa extraeuropeo”, descubre que su editor, Schmeitzner, es tambi√©n el editor del anti¬≠semitismo y protonazismo emergente (las Hojas de Bayreuth, en su vertiente mitol√≥gica, y la Correspondencia Antisemita, en su vertiente pol√≠tica), decide apartarlo de su compa√Ī√≠a e intenta incluso recuperar el derecho sobre sus libros, a pesar de su oneroso coste y sus dificultades financieras, haciendo una colecta entre sus amigos.

¬ŅY qu√© dice la filolog√≠a? Caro a la ret√≥rica racista es el tema de la pureza, la higiene racial, la limpieza √©tnica. Michel Serres (Hermes V. La distribuci√≥n) enume¬≠ra, en el vocabulario de El Anticristo, una profusa retah√≠la de t√©rminos centrados en la din√°mica de la infecci√≥n y el contagio, la pureza y la pu¬≠trefacci√≥n: un “vadem√©cum de microbiolog√≠a” y un “breviario de parasi¬≠tolog√≠a”, dice, precisamente en el momento en que se inventaba la higiene, es decir la era de Pasteur. ¬ŅY bien? La noci√≥n nietzscheana de salud, de Gran Salud, ¬Ņno abarca precisamente, y disuelve a la vez, el antagonismo simple de salud y enfermedad? ¬ŅNo es acaso la salud tipol√≥gica precisamente aquella que es capaz de enfermar, de enfermar… y reponerse, como dir√° m√°s tarde Canguilhem? ¬ŅNo afirma Nietzsche, el gran enfermo, que, en el fondo, siempre ha gozado de buena salud? ¬ŅQui√©n puede ver en eso, como Yvan Gobry, un mecanismo de compensaci√≥n a la Adler: la impotencia que se mira en un espejo sublimado? La higiene, escribe Serres, es est√©ril y nociva: s√≥lo la impureza inmuniza y crea. La leche, virginal e inmaculado efluvio materno, entregada a la suciedad y la corrupci√≥n, se transmuta y transfigura en un estado superior: el queso. Esa refinada conquista de la cultura no es otra cosa que una “aclimataci√≥n de la podredumbre”. Y, qu√© duda cabe, “la salud, la vida, tienen la forma del queso.”

No siempre se recuerda que en casa de los Nietzsche se practicaba la homeopat√≠a. Y Nietzsche era un maestro en esa ciencia de los venenos: “de tus venenos has extra√≠do tus b√°lsamos”, as√≠ hablaba Zaratustra. Y a√Īad√≠a: “Y quien no quiera morir de sed entre los hombres tiene que aprender a beber de todos los vasos; y quien quiera permanecer puro entre los hombres tiene que entender de lavarse incluso con agua su¬≠cia” (“De la cordura respecto a los hombres”). O incluso esto otro: “En verdad, una sucia corriente es el hombre. Es necesario ser un mar para poder reci¬≠bir una sucia corriente sin volverse impuro” (Zaratustra, “Pr√≥logo”, ¬ß 3). No la pureza, sino la metabolizaci√≥n y la transfiguraci√≥n de la podredumbre y el mestizaje: la hibridaci√≥n exitosa. Eso es lo Sobrehumano.

Y, efectivamente, todo es cuesti√≥n de cuerpo: composici√≥n y descompo¬≠sici√≥n. Hilo de la interpretaci√≥n, no hay otro campo de batalla, ni otro laboratorio de vida. La utilizaci√≥n por parte de los ide√≥logos nazis de los enuncia¬≠dos biol√≥gicos de Nietzsche, como una especie de darwinismo social aplicado al pseudoconcepto de las razas, servir√° a Heidegger, a contrario, para distanciarse √©l mismo, en un astuto juego de prestidigitaci√≥n (¬Ņsu famoso “giro”?, ironiza Faye), de su efectiva vinculaci√≥n con la doctrina infame. Y as√≠ escribe, en su Nietzsche, un texto que habr√≠a de hacer for¬≠tuna: “El pretendido biologismo de Nietzsche”.

Una mujer, ¬°c√≥mo no!, Sarah Kofman, pensadora jud√≠o-francesa, que se suicidar√≠a significativamente el 15 de octubre de 1994, el mismo d√≠a en que se celebraba el 150 aniversario del nacimiento de Nietzsche (y esas cosas, como cualquier lector de Nietzsche deber√≠a saber, son muy, pero que muy importantes), en su prodigioso, y tan luminoso como voluminoso estudio sobre Ecce Homo, Explosi√≥n I y II (que permanece in¬≠comprensiblemente sin ver la luz, y completamente ignorado, en castellano), denuncia¬≠ba que el intento heideggeriano de substraer a Nietzsche a una lectura biologizante dejaba de lado lo esencial: todo lo que lo une al deseo, a la mujer, a la alegr√≠a, a la risa, “a la gran fiesta pagana del pensamiento”. De ese modo, se salvaguardaba aparentemente a Nietzsche de la apropiaci√≥n nazi, pero, simult√°neamente, se le somet√≠a a un escrutinio que ignoraba “todo lo pulsional, la afirmaci√≥n alegre y heroica, pagana, del pensamiento como interrogaci√≥n infinita”. En el momento en que pretende salvarlo, lo pier¬≠de: no lo protege sino para inscribirlo mejor en el seno de la facticia his¬≠toria de la metaf√≠sica occidental. Fulgurante jibarizaci√≥n de la multiplici¬≠dad de m√°scaras de esa “estructura social de muchas almas” que es un cuerpo (M√°s all√° del Bien y del Mal, ¬ß 19) en la simplicidad de un nom¬≠bre √ļnico. Toda f√°bula identitaria est√° inscrita en el seno de una estrategia policial.

Paralelamente a la lectura heideggeriana, el primero en disentir contra esa tergiversaci√≥n nazi fue Georges Bataille, quien, en plena Segunda Guerra Mundial, danza desnudo y ebrio, m√°s que escri¬≠be, un libro (Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte) donde la desvincula¬≠ci√≥n del nombre de Nietzsche de la infamia nacional-socialista no es al√©rgica al devenir-corporal de su lectura. Con la risa de los dioses y la carcajada nietzscheana, el valor absoluto e incondicional de la Verdad salta en pedazos, se des-membra tal como el descuartizado cuerpo de Dioniso. Exenta de su compromiso moral con la Verdad, la escritura recupera su inocencia: la de un ni√Īo que juega a los dados y compone un mundo. Lo que cuenta es su valor para la vida: “Cuando todas las interpretaciones son posibles, no hay ciertamente nin¬≠guna raz√≥n para elegir la m√°s banal o la m√°s est√ļpida”, escrib√≠a Camus en su Cal√≠gula. O bien, fundamento de una jerarqu√≠a √©tica inmanente, podr√≠a decirse igualmente: Cuando todas las acciones est√°n permitidas (y la Muerte de Dios quiere decir que lo est√°n), no hay ninguna raz√≥n para elegir la m√°s mezquina o la m√°s canalla. ¬ŅO acaso habr√° que romperles antes los o√≠dos, para que aprendan a o√≠r con los ojos?

No tenemos otra comprensi√≥n del Ser que el vivir, pero ese B√≠os, es¬≠cribe Heidegger, no podr√≠a ser el de la animalidad. La clarividencia de Nietzsche, tan pol√≠ticamente incorrecta (tan hilarante, por esa misma raz√≥n), tiende un puente por encima del siglo transcurrido desde entonces: y es Peter Sloterdijk quien, bajo el ensordecedor cacareo de los “humanistas” de hoga√Īo, nos lo recuerda en sus Normas para el parque humano. ¬ŅC√≥mo olvidar la aventura de la hominizaci√≥n, la animalitas del hombre? El hombre, como animal inacabado, es un terreno f√©rtil para la experimenta¬≠ci√≥n; su neotenia, su plasticidad, su aptitud para el autocultivo ‚ÄĒ no otra es su gran ventaja evolutiva (transformadora, que no adaptativa).

Por supuesto, s√≠ que existe un biologismo nietzscheano: “Una sed ardiente se apoder√≥ literalmente de m√≠; a partir de entonces, no me ocup√© de hecho de otra cosa que de fi¬≠siolog√≠a, medicina y ciencias naturales” (Ecce Homo, ‚ÄúHumano, demasiado humano‚ÄĚ, ¬ß 3). Puede leerse el libro de otra mujer: Barbara Stiegler (Nietzsche y la biolog√≠a, tampoco traducido). Dioniso fil√≥sofo (correlato del ‚ÄúS√≥crates m√ļsico‚ÄĚ del Nacimiento de la tragedia) desea encarnaci√≥n, y cuando un dios se apodera de ella, la carne danza tr√©mula: ¬°c√≥mo creer en un dios que no sepa bailar!

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